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Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional
ISSN 1997-4485 versión impresa

 


Rev. Fuent. Cong. v.3 n.5 La Paz dic. 2009

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Como citar este artículo

PÁGINAS DE EDITOR

 

AULLAGAS Y COLQUECHACA
EN LA HISTORIA MINERAS

 

 


Resumen

Breve historia de la ciudad minera de Colquechaca y su entorno, conformado por la mina prehispánica de Jank’onasa y la colonial de Aullagas.

<MINERIA COLONIAL> <COLQUECHACA> <AULLAGAS> <JANK’ONASA>


Summary

Brief history of the mining city of Colquechaca and its surroundings, conformed by the pre-Hispanic mine of Jank’ onasa and the colonial one of Aullagas.

< COLONIAL MINING > <COLQUECHACA> <AULLAGAS> <JANK’ONASA>


 

 

En un reciente simposio, realizado el 14 y 15 de agosto, se puso en la mesa de debate la revalorización histórica, cultural y turística de Colquechaca. Un grupo de intelectuales expuso diversos puntos de vista sobre esta región minera, ubicada en la provincia Chayanta, al norte del departamento de Potosí. Rodolfo Russo, historiador colquechaqueño, explicó que desde hace diez años escudriña en archivos de Bolivia (Potosí, Sucre y La Paz), Argentina y Perú, con los que ha ido formando un importante y significativo corpus documental sobre la historia de la región y sus minas, es decir Janq'onasa, Aullagas y Colquechaca. Por su parte, el historiador potosino Wálter Zavala, al referirse a la historia de Colquechaca afirmó que el primer minero español que llegó a Colquechaca fue el legendario capitán Don Pedro de Valdivia, quien luego conquistaría Chile.

El antropólogo Freddy Arancibia, expuso su hipótesis del origen de la danza de la Diablada, la cual se habría originado en Colquechaca y más propiamente, en el mineral de Aullagas. Sus conclusiones se apoyan en la historia oral, testimonios de viejos colquechaqueños que llegaron hasta Uncía. A través de numerosos viajes a Colquechaca y Aullagas, Arancibia recogió leyendas y cuentos tradicionales, llegando a publicar un libro que refiere el origen de la Diablada en las minas del norte de Potosí, desde donde se habría irradiado a Llallagua (en la época de la migración, los mineros se fueron con la efigie de su santo "San Miguel" y, con ellos, la danza ritual de lo que denomina tinku-diablo), y posteriormente a Oruro, donde se convirtió en una danza festiva, dando origen a la Entrada del Carnaval que actualmente conocemos. La propuesta de Arancibia en conclusión es que Oruro reconozca el origen ritual de la danza de los diablos, para consolidar el reclamo boliviano sobre la paternidad de esa danza.

Nuestra exposición destacó la importancia económica de la región, hecho que motivó estas líneas; el interés de potencias extranjeras tuvo como acicate la riqueza mineral que encierran las entrañas de su cordillera. Muy temprano, en el siglo XVI, los capitanes de España fueron en busca de las minas de oro y plata. Las expediciones, comandadas por Francisco Pizarro y Diego de Almagro, se internaron hacia Charcas desde el Perú, y po Ñuflo de Chávez y Andrés Manso desde el Río de La Plata.

Janq’onasa fue mina prehispánica, explotada luego por España que impuso una férrea administración, instalando un cuartel realista en sus inmediaciones para controlar la rica y vasta región. En 1776, el cumplimiento de las reformas borbónicas, provocó la secesión del territorio de Charcas, y por ende las minas de plata del Perú, para entregarlas al recientemente creado virreinato del Río de la Plata.

Tres ejércitos argentinos fueron enviados a Charcas para resguardar Potosí: al mando de Juan José Castelli en 1810, de Belgrano en 1813 y, en 1815, las tropas del general José Rondeau asolaron no sólo Potosí y Chuquisaca, sino también la región de Aullagas, dejando un triste recuerdo por los constantes saqueos que cometieron, además de arrebatar la plata destinada a España. En 1826 el enviado de la Reina de Inglaterra, Josep B. Pentland, elevó un revelador informe que mostró el gran potencial de Aullagas y Colquechaca. Más tarde, José María Dalence hizo lo propio en su Bosquejo Estadístico de Bolivia (1846).

A fines del siglo XIX, se produce la debacle del precio de la plata, lo que provoca la migración masiva de mineros rumbo al mineral de Uncía y de Llallagua.

EL ENTORNO MINERO

Las minas de esta región se encuentran ubicadas en la zona centro-occidental de la Cordillera Oriental de Bolivia:

Janq'onasa

En la cordillera de Quimsa Cruz surge el pico de una montaña mineralizada a la que el imaginario colectivo le dio el nombre de Cerro Hermoso. En su cima se encuentra la mina más antigua de plata, Janq'onasa (nariz blanca), un enclave inca en territorio aymara. Fue una mina fabulosa que ha dejado vestigios de un importante desarrollo urbano industrial, caracterizada por una población minera estable que, en su experiencia, desarrolló un importante centro urbano minero. La tecnología urbana es prehispánica, como puede observarse en sus viviendas y edificios administrativos. Las minas, increíblemente, siguen en explotación, pese a su probada antigüedad.

Posteriormente, dada su importancia, Janq’onasa se convirtió en cuartel realista que controló de manera efectiva, con métodos cruentos, toda la región. En la época de las rebeliones indigenales, combatió a los ejércitos de Dámaso y Nicolás Catari. 

Las vetas de plata desaparecieron notoriamente lo que provocó el abandono de Janq’onasa, trasladándose el campamento minero a unos mil metros de distancia.

 

Aullagas

La mina colonial de Aullagas (4618 msnm.) reemplazó a Janq’onasa. Era tal su riqueza que compitió en celebridad con la de Porco y Potosí, desplazando a la primera y poniéndose debajo de la segunda. Aullagas fue, en su época, el orgullo de la minería de la plata, que se expresa en una urbe construida íntegramente en piedra laja. Si bien se trata de una ciudad colonial, por su trazo y distribución de callejas, en la construcción recoge generosamente la herencia prehispánica de su antecesora, sintetizada en la tecnología de doble pared, siempre en piedra.

La doble pared, una interior y otra exterior, era la mejor respuesta del minero de esas épocas, para combatir a las inclemencias del tiempo, que hacen a la mina inhóspita en extremo, pues casi siempre tiene temperaturas bajo cero a la sombra.

La arquitectura de ese pueblo lítico tenía sus particularidades notables. Las calles se distribuían en hileras interminables desde el inicio hasta el final. Eran más que calles, callejuelas angostas, debidamente empedradas, con un sistema de drenaje pluvial muy efectivo.

Una vivienda tipo se caracteriza por un frente de 12 metros, en el que dominaba una especie de tienda redonda. A su costado se abría un pasadizo que conducía al interior de un complejo multifamiliar, conformado por al menos cuatro viviendas de distintas familias nucleares que se distribuían alrededor de un patio central. Las casas no contaban con cocina, lo que permite suponer que usaban el patio para ese menester. Los mineros tenían en esos momentos, une espacio para confraternizar, informarse o socializar. En ninguna ciudad minera se observa este detalle tan precioso que explica la vida comunitaria en la mina.

Las cuatro viviendas que circundaban el patio central, estaban dispuestas como dormitorios. En su interior se observan con claridad los poyos (camastros de piedra y barro), que le servían al minero y su familia para descansar y reponer las fuerzas. En algunos de estos complejos habitacionales se ha establecido la existencia de corrales para la crianza de animales y quizá para las necesidades fisiológicas.

No existen calles perpendiculares a la avenida principal, solo los callejones que comunican a los patios interiores de las viviendas mineras. Sobresalen, en este complejo, los arcos coloniales de medio punto, a diferencia de las viviendas en Janq'onasa, donde prevalecen las típicas puertas prehispánicas en forma de trapecio.

Aullagas tuvo su época de auge a fines del siglo XIX. Cuando las vetas empezaron a desaparecer, la gente abandonó el lugar y se dirigió hacia Colquechaca, donde el mineral era muy visible.

En esas montañas no crece ninguna flora importante, al margen de escasa paja brava y la taquia que se extiende adosada a la roca madre de los cerros. Éste último es un combustible vegetal muy apreciado hasta hoy por la población minera, pues es un recurso que está siempre a la mano y sin costo alguno.

No existe remanso o manantial de agua. Las montañas son pedregosas y áridas, lo que hace más difícil la subsistencia. Para paliar la sed y proveer el líquido elemento, desde tiempos prehispánicos existe un ojo de agua -un pozo del que emana agua en cantidades ínfimas-, suficiente para dotar de agua a un puñado de familias por hora. Cuentan los lugareños que en días de fiesta el pozo era explotado para la fabricación de chicha, provocando que este se secara completamente, lo que obligaba a transportar agua desde lugares alejados usando bestias de carga. En algunas semanas, el pozo volvía a entregar generosa su líquido vital.

Hasta la década de los 70’s el templo se conservaba intacto. A pesar que Aullagas era una población fantasma, acudían hasta esa iglesia pobladores de los ayllus Macha y Pocoata para cada festividad principal de San Miguel. Cuenta la historia oral que, en esa época, el templo fue incendiado por mano criminal con lo que se dio un golpe fatal a esa población, pues nadie más volvió a habitarla.

La zona de influencia de Janq'onasa y Aullagas abarca un amplio y extenso territorio que llega hasta los confines de Pocoata y Macha, pueblo emblemático éste último, donde se inició el levantamiento de Tomás Catari, un verdadero héroe regional. Sus hermanos Dámaso y Nicolás, asolaron la región, asaltando el cuartel realista, quemando poblaciones íntegras y pasando a degüello a los blancos de estas minas y haciendas.

 

Colquechaca

Si bien su origen se remonta a la colonia, al ser asiento minero -y por ello carente de acta de fundación-, por decreto supremo del 9 de febrero de 1877 se ordena la división de la Provincia Chayanta, en Nor y Sur Chayanta. Colquechaca entonces pasa a formar parte de la primera. Más tarde, la ley de 30 de noviembre de 1882, erige a Colquechaca como capital de la provincia Chayanta. Mas tarde, dada su importancia, se eleva al rango de ciudad a la antigua Villa de Chayanta. En 1900, Colquechaca tenía población de ….. El Censo de 2001 arrojó la cantidad de 31.037 para la sección, mayoritariamente campesina. La ciudad de Colquechaca tiene actualmente 1917 habitantes, sobre todo mineros.

Pocos turistas llegan hasta Colquechaca, pues no hay aparente motivo para emprender tan largo viaje. Los extranjeros que más visitan esta región, son los representantes de Alemania, que tradicionalmente apoyaron su desarrollo. Esos privilegiados quedan maravillados con lo que ven en su entorno.

Colquechaca es una típica ciudad minera, con calles apretadas y angostas, diseñadas de esa manera para combatir al frío inclemente, que es una especie de impronta climática de las minas del occidente boliviano. A la sombra, el agua de cualquier trasto con agua se congela, pues la temperatura es de bajo cero. Surge a raíz de las numerosas concesiones mineras, que dieron lugar a una intensa explotación de mineral. Sobresale la colonial mina de San Miguel, de la que aun quedan vestigios y fue poblada por mineros profesionales que llegaron desde Aullagas y Chuquisaca. Muchos alcanzaron prosperidad, aunque sin llegar a equipararse a un Simón I. Patiño. A principios del siglo XX, este industrial fijó su atención en Colquechaca y adquirió varias concesiones. Tenía planeado extender el ferrocarril desde Uncía.

De aquella experiencia minera surgió un campamento minero, que luego se transformó en una de las tantas ciudades mineras, siguiendo el viejo modelo de interdependencia entre el centro industrial y la población civil. Dos avenidas principales dominan su extensión. Uno puede recorrer las dos calles que denominan avenidas, en cuestión de minutos. No existen calles perpendiculares que las conecten, sino caprichosos callejones por los que puede pasar una persona con comodidad. Hacia la parte superior está la montaña mineralizada y en el extremo opuesto un río que transporta escaso caudal de agua, destinada a las faenas mineras.

Sorprendentemente el municipio ha declarado al 80% de las viviendas como edificios patrimoniales, por lo que sus propietarios están obligados a conservar su arquitectura original y mantener su conservación. Y es verdad, estos libros de la historia urbana constituyen el testimonio de una época de gloria. Estas hermosas casas pertenecieron a antiguos mineros que llegaron desde Chuquisaca. Una casa patrimonial se caracteriza por su amplio frente, de más o menos veinte metros. Son generalmente edificios de dos plantas, con balcones de fierro forjado. Existe una a la que denominan la ‘Casa de los siete balcones’, que perteneció a un concejal de la década de los 90’s.

Prevalece en la vivienda tipo, una tienda y trastienda, destinada al comercio o negocio de minerales, con su cocina y comedor de diario. Al interior, se dispone un patio no muy grande, con habitaciones a su alrededor, destinadas a dormitorios y al servicio. Cada casa contaba con un pozo de agua potable y un sótano para concentrar minerales de plata. Los sótanos están convertidos en depósitos, pero los aljibes de los pozos ya no se usan.

 

EL TESTIMONIO LÍTICO DEL DIABLO DE LA MINA

Subiendo por el cerro hermoso, casi llegando a su cima, se encuentra la antigua bocamina de la Empresa Minera Colquechaca que perteneciera a la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). Hoy continúa la explotación a cargo de cooperativistas mineros, un par de los cuales se hallaban en el socavón "La Aliada", de data colonial. A escasos metros se encuentra "La Venganza", ya improductiva y en pleno proceso de derrumbe. Estas bocaminas muestran la tecnología colonial en su construcción, en la que predomina el arco de medio punto español, que domina el socavón, esculpido en roca de granito.

"La Venganza", fue el motivo de nuestra visita. Un grupo de 12 participantes en el Simposio nos constituimos hasta allá. El Concejal René Miranda nos mostró un hallazgo impresionante: la figura del rostro de un diablo colonial dominaba el broquel de ingreso a la bocamina. Era el rostro de Lucifer que observaba acucioso al minero que ingresaba al trabajo. Sus ojos destacan en la escultura pétrea, al igual que sus rasgos faciales con la boca cerrada con una fina sonrisa. Es la alegoría al dueño de la veta mineral, al que obligadamente los mineros debían rendir pleitesía, culto. Las obligadas reverencias al Tío de la mina, pronto se transformaron en un ritual cotidiano.

El antropólogo Arancibia veía por primera vez esta escultura lítica con la que probaba ampliamente su hipótesis. La visita a las minas coloniales se prolongó hasta el final de la tarde. Retornamos a Colquechaca, con la emoción de haber sido testigos de un hallazgo sin precedentes para Potosí u Oruro. Estábamos ante el origen documentado de la danza de los diablos.De toda esta actuación, la directora de Cultura de la Prefectura de Potosí, Amanda Choque, levantó acta que suscribimos todos los presentes, entre ellos tres expositores del evento.

 

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